“Habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará” Mt. 24.12
El Observatorio de Seguridad Ciudadana de la ciudad de Guayaquil, que tiene la misión de “recopilar, analizar y procesar los datos del comportamiento delictivo,… proponer soluciones sociales factibles que contribuyan a la reducción de los indicadores de la violencia”, nos muestra en uno de sus informes la realidad que azota la ciudad. En Guayaquil se cometen delitos contra las personas (asesinatos, desaparición de personas, heridas, homicidios, plagio y secuestro, sicariato, secuestro express, suicidios, etc.), contra la propiedad ( abuso de confianza estafa, extorsión, hurtos de motos –vehículos, robo de accesorios, robo en carreteras, domicilios, personas, transporte, a locales comerciales, etc.) y delitos sexuales (acoso sexual, estupro, proxenetismo, rapto, tentativa de violación, violaciones, etc.), además de esto, se dan asociaciones ilícitas, amenazas, falsificación, falso testimonio, cohecho, peculado, prevaricato usurpación de funciones, invasiones, entre otros.
Las palabras de Jesús retumban en nuestra mente, cuando vemos los noticieros o leemos los medios escritos. “Habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará” (Mt. 24.12- NVI). Antes de este verso, el Maestro había afirmado que previo al fin se verá guerras, persecución, traición, odio, engaño, apostasía, etc. El pecado y la maldad son como avalanchas de hielo que enfrían el fuego del amor. Muchos experimentan el síndrome de la insensibilidad e indiferencia, lo que los lleva a hacer muy poco o casi nada cuando están frente a una persona en desgracia o con necesidad. Es verdad, que en las calles de nuestra ciudad deambulan mentirosos y aprovechados, que tratan de sacar provecho de los demás, fingiendo tener necesidad. Pero también es cierto, que hay mucho por hacer en las grandes metrópolis y también en nuestras congregaciones, por las consecuencias del pecado y la maldad, en niños, adolescentes, mujeres maltratadas o violados, gente en pobreza.
Como hijos de Dios también debemos de traer a nuestra memoria que Jesús declaró: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros”. Jn 13:35. Los discípulos no permiten que la maldad apague el amor de Dios en sus vidas. Esto sólo es posible cuando nos llenamos permanentemente del Santo Espíritu de Dios (Ef. 5.18), ya que por su presencia, Dios derrama de su amor en nuestras vidas (Ro. 5.5), y lo derrama no para que se archive, sino para compartirlo. “Ese amor es el Ágape que denota una invencible benevolencia y una irreductible buena voluntad, que siempre busca el bien de la otra persona, no importa lo que esta haga. Es el amor sacrificial que da libremente sin pedir nada a cambio y no se para a considerar el valor de su objeto. Se ofrece conscientemente, es el amor incondicional de Dios por el mundo”. El amor de Dios impartido y activado por su Espíritu en nuestras vidas es ese fuego muy poderoso que deshace la obra enfriadora de la maldad.
Frente a la mucha maldad, nuestra perspectiva debe ser la misma del apóstol Pablo: “Donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia”. Hoy tenemos muchas oportunidades para mostrar el amor de Dios, porque nuestro Señor Jesús derrama sobreabundantemente de su gracia. No te desanimes, sino únete al ejército de Dios, para que su Luz alumbre y su amor traiga tiempos de refrigerio a los cansados y agobiados por el pecado y la maldad.
Escrito por: Pastor Anderson González
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